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jueves, 7 de abril de 2011

El lavatorio de los pies: memoria y comunión


Por este motivo, cuando las comunidades cristianas llevaban varias décadas celebrando la Eucaristía, Juan, el joven apóstol, no quiso recoger en su Evangelio las conocidas palabras de su institución, sino algo que nunca debemos olvidar: su sentido. Presenta entonces el lavatorio de los pies como el icono más acabado de la oblatividad ministerial. En efecto, el servicio a los hermanos ocupando el último lugar (Mc 10, 42-45) es, a partir de la Eucaristía, memorial y comunión. Un memorial: «Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 15); y expresión de nuestra comunión con Cristo: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (Jn 13, 8). De esta forma la caridad prolonga en la historia la constante actitud de servicio del Verbo de Dios encarnado.
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miércoles, 30 de marzo de 2011

Diakonía como servicio a los pobres (bautismo-consagración del Mesías-Siervo)


En opinión del padre De la Potterie, la consagración pneumática del buen Pastor durante su bautismo en el Jordán mezcla en el relato lucano los trazos veterotestamentarios del Siervo (Is 42) y la unción gloriosa del Mesías (Is 61). La unción del humilde Mesías que baja a la orilla con los pecadores y se sumerge en el abismo de la condición humana expresa la Buena Noticia del Emmanuel y de su misión: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Is 61, 1-2; Lc 4, 18-19).
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lunes, 28 de marzo de 2011

La amistad de Dios


Nuestro Señor Jesucristo, Palabra de Dios, comenzó por atraer hacia Dios a los siervos, y luego liberó a los que se le habían sometido, como él mismo dijo a sus discípulos: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. Pues la amistad de Dios otorga la inmortalidad a quienes la aceptan.

Al principio, y no porque necesitase del hombre, Dios plasmó a Adán, precisamente para tener en quien depositar sus beneficios. Pues no sólo antes de Adán, sino antes también de cualquier creación, la Palabra glorificaba ya a su Padre, permaneciendo junto a él, y, a su vez, era glorificada por el Padre, como la misma Palabra dijo: Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.

Ni nos mandó que lo siguiésemos porque necesitara de nuestro servicio, sino para salvarnos a nosotros. Porque seguir al Salvador equivale a participar de la salvación, y seguir a la luz es lo mismo que quedar iluminado.

Efectivamente, quienes se hallan en la luz no son los que iluminan a la luz, sino ésta la que los ilumina a ellos; ellos, por su parte, no dan nada a la luz, mientras que, en cambio, reciben su beneficio, pues se ven iluminados por ella.

Así sucede con el servir a Dios, que a Dios no le da nada, ya que Dios no tiene necesidad de los servicios humanos; él, en cambio, otorga la vida, la incorrupción y la gloria eterna a los que lo siguen y sirven, con lo que beneficia a los que lo sirven por el hecho de servirlo, y a los que lo siguen por el de seguirlo, sin percibir beneficio ninguno de parte de ellos: pues Dios es rico, perfecto y sin indigencia alguna.

Por eso él requiere de los hombres que lo sirvan, para beneficiar a los que perseveran en su servicio, ya que Dios es bueno y misericordioso. Pues en la misma medida en que Dios no carece de nada, el hombre se halla indigente de la comunión con Dios.

En esto consiste precisamente la gloria del hombre, en perseverar y permanecer en el servicio de Dios. Y por esta razón decía el Señor a sus discípulos: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido, dando a entender que no lo glorificaban, al seguirlo, sino que, por seguir al Hijo de Dios, era éste quien los glorificaba a ellos. Y por esto también dijo: Éste es mi deseo: que éstos estén donde yo estoy y contemplen mi gloria.


San Ireneo
Textos del tratado Contra las Herejías
(Libro 4,13, 4-14,1: SC 100, 534-540)
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viernes, 25 de marzo de 2011

No hay verdadero servicio sin cruz


No hay caridad sin servicio, ni servicio sin la cruz del Siervo. En efecto, no sólo el Mesías cumplirá la profecía del siervo de Yahvé, despreciado de todos, sino que también los discípulos serán perseguidos por quienes rechazan la verdad y la justicia, siendo igualmente confortados y salvados por Dios. La alternativa ministerial a esta vida oculta en el Señor y crucificada con Él es un camino de frustración y celotipia en el que nunca acaba de llegar el reconocimiento deseado. En cambio, los santos nos enseñan que ansiar con el deseo de los enamorados una comunión honda con Jesucristo pobre y colmado de oprobios no sólo es un anhelo infrustrable, sino la fuente de la verdadera alegría.
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viernes, 18 de marzo de 2011

El Diacono se integra en la forma Christi por el camino de la cruz


Es precisamente éste tomar, por amor la condición de esclavo de todos lo que nos integra dinámicamente en la forma Christi del Mesías-Siervo. No podemos olvidar que el seguimiento de Cristo entraña una comunión con su vida y su destino. Sólo estando dispuestos a beber de su cáliz y compartir sus padecimientos iremos plenificando nuestra unión con Él. Por este motivo, la Pastores Dabo Vobis reconoce que «el servicio de Jesús llega a su plenitud con la muerte en cruz» (PDV 21). El servicio a la comunidad, en la medida en que comparte el servicio de Cristo a la humanidad herida, se enriquece ejerciendo una forma nueva de autoridad («autoridad discreta»).

El diácono sabe que una vida según el Evangelio no es sólo una vida honesta, sino un afianzar nuestros corazones en la perspectiva de Cristo pobre y humillado. La Iglesia entera, como nos recuerda Benedicto XVI, brota del costado del Traspasado (Deus caritas est, 19), donde se revela la radicalidad y la medida del amor de Dios (n. 12). Por este motivo, la esposa de Cristo –dice san Juan de Ávila– no tiene más báculo que la cruz ni más honra que la del esposo crucificado y lleno de deshonras
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viernes, 11 de marzo de 2011

Servir desde la humildad a semejanza del Siervo de Yahvé



De hecho, todo el misterio de la vida del Señor fue interpretado por Él mismo en numerosas ocasiones a la luz de la figura del siervo de Yahvé. Su amor por nosotros –desde la encarnación y nacimiento en pobreza hasta su muerte en cruz– viene expresado en forma descendente y kenótica como una pasión de cercanía. En efecto, el Emmanuel es la expresión más acabada de la comunión de Dios con la realidad dramática de una humanidad necesitada de redención. Todo ello nos habla de cómo la humildad, en cuanto vaciamiento de uno mismo por amor, es la dinámica misma de la caridad y el signo de una vida hecha servicio y disponibilidad.


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